El fantasma de Johnny Monge y el hombre que no podía desaparecer (parte 2) Costa Rica

PRENSAMERICA.NET
Por
Redacción
Agencia de Noticias en español.
52 minutos de lectura

NOTA EDITORIAL Y ACLARACIÓN AL LECTOR / VER PRIMERA PARTE / ( DOCUMENTO COMPLETO ) PARTE 3

Esta entrevista forma parte de la segunda entrega de un trabajo periodístico iniciado en la Parte 1, en la que se abordó la circulación pública de un documento no oficial —de origen incierto y sin validación institucional— que reactivó memorias, debates y testimonios en torno a determinados episodios de la historia policial reciente de Costa Rica. 

Dicho documento no se presenta ni se utiliza como prueba, ni como registro auténtico de actuaciones oficiales. Su existencia y difusión constituyen, exclusivamente, el punto de partida del interés periodístico que motiva esta investigación, en la medida en que permitió identificar coincidencias, silencios persistentes y patrones narrativos que sobreviven en la memoria institucional y social, aun en ausencia de expedientes formales o resoluciones judiciales concluyentes. 

La entrevista que sigue no busca validar ni refutar el contenido de ese documento, ni atribuir responsabilidades individuales a personas concretas, vivas o fallecidas. Se trata de un ejercicio de periodismo de análisis y contexto, basado en el testimonio anónimo de una fuente con experiencia directa en el ámbito abordado, cuyas opiniones y percepciones se presentan como tales, sin carácter probatorio ni judicial. 

El uso de nombres ficticios, referencias genéricas y la omisión deliberada de datos identificables responde a criterios editoriales orientados a la protección de las fuentes, al respeto de la presunción de inocencia y a la seguridad de terceros. Las descripciones incluidas deben entenderse como reconstrucciones analíticas de climas institucionales y lógicas operativas, no como afirmaciones de hechos comprobados ni como la existencia de operaciones oficiales, clandestinas o encubiertas. 

Este medio asume el deber ético de preservar la confidencialidad de sus fuentes y de no revelar identidades, métodos de obtención de información ni detalles sensibles, salvo en los supuestos legalmente previstos de amenaza grave e inminente. Asimismo, reitera que el objetivo de esta publicación es invitar a la reflexión crítica sobre los límites del poder, la prevención, la memoria y las zonas grises de la actuación estatal, sin pretender ofrecer verdades cerradas ni conclusiones definitivas. 

Equipo de Investigación y análisis

Durante décadas, ciertos episodios quedaron flotando en la memoria policial y social de Costa Rica sin expediente completo, sin cierre judicial y sin una versión única que resistiera el paso del tiempo. No porque no ocurrieran, sino porque ocurrieron en una zona gris: allí donde la vigilancia reemplaza al arresto, la presión sustituye a la prueba y el error ya no es una opción.

Esta segunda parte no intenta probar delitos ni validar documentos apócrifos. Reconstruye, a partir de testimonios coincidentes, recuerdos persistentes y patrones operativos reconocibles, una pregunta incómoda que nunca se fue: ¿qué hace una institución cuando no puede permitirse otro Johnny Monge?

EX-AGENTE ROMPE EL SILENCIO

Pese a que hicimos varias consultas a distintos actores del sistema judicial y policial, éstos revelaron una reacción consistente: cautela extrema, negativas tajantes y referencias reiteradas a riesgos aún vigentes, aún así, y tras varias conversaciones en esta dirección, un exagente judicial del OIJ que habría participado en las refriegas del caso Johnny Monge y Tío Conejo, acordó sostener un encuentro y posterior entrevista.

No aceptó hablar cuando se lo propusimos por primera vez. Ni la segunda. Ni la tercera. En cada intento, la respuesta fue distinta en la forma, pero idéntica en el fondo: “no es buena idea”, “no conviene”, “eso todavía quema”. No hubo preguntas sobre el enfoque ni interés en conocer el texto. El rechazo no era periodístico; era instintivo.

El acceso no se logró por insistencia, sino por comprensión. Por aceptar el silencio como parte de la conversación. Por dejar días, semanas. Por no volver sobre nombres ni fechas. Por entender que, para algunos, ciertos episodios no pertenecen al pasado, aunque hayan ocurrido hace décadas.

Cuando finalmente ‘Ramiro’ accedió (lo llamaremos así), lo hizo con condiciones que no pidió negociar. No habló de anonimato: lo dio por hecho. No porque temiera consecuencias legales —ya no estaba en funciones—, sino porque siguen vivas personas vinculadas a esos hechos y a otros similares. “No es que uno tenga miedo por lo que diga”, aclaró en un mensaje previo, “es por lo que se reactiva cuando se dice”.

El encuentro cambió de lugar dos veces. Se evitó cualquier espacio asociado a trabajo, rutina o memoria institucional. No hubo cámaras ni libretas visibles, sólo un celular grabando la conversación, tampoco intercambio de documentos. Sólo conversación y memoria compartida, con pausas largas y frases medidas. Cada tanto, miradas alrededor, no por paranoia, sino por hábito.

Antes de entrar en materia, hubo una advertencia que se repitió más de una vez: dentro de los equipos que participaron en ese caso —y en otros de la misma naturaleza— hubo tensiones reales, advertencias cruzadas y miedos explícitos. No discusiones ideológicas, sino temores concretos. “Ahí no todo el mundo estábamos cómodos”, dijo Ramiro. “Y no todos reaccionan igual cuando creen que algo se está saliendo de control”.

Habló de llamadas que no dejaban registro. De frases dichas “al aire”, lo suficientemente fuertes como para ser entendidas, lo suficientemente vagas como para no ser atribuibles. De climas internos donde algunos empujaban a matar al vigilado, hacia una resolución rápida, mientras que otros intentaban, simplemente, ganar tiempo. “A veces la amenaza no venía de afuera”, reconoció Ramiro sin desarrollar. 

NADA VISIBLE

Cuando se le preguntó por qué nada de eso llegó a los medios, la respuesta fue inmediata: “Porque no pasó nada visible”. Y luego agregó algo más inquietante: “Y porque había consenso en que era mejor que no pasara”. No habló de órdenes. Habló de ambiente. De una sensación compartida de que remover ciertas historias no traería estabilidad, sino ruido.

El entrevistado no buscó justificar decisiones ni limpiar trayectorias. Evitó reconstrucciones cerradas y descartó cualquier intento de cronología exhaustiva, “eso es para expedientes”, dijo en un momento. “Y acá no hubo uno sólo, hubo pedazos”. Insistió en que lo importante no era el detalle operativo, sino la lógica que se impuso cuando el margen de error se volvió cero.

Antes de despedirse, Ramiro pidió algo concreto: que no se intentara presentar esto como una operación formal ni como una verdad definitiva. “Porque no lo fue”. Y añadió, casi en voz baja, una frase que funcionó como advertencia editorial: “Hay cosas que no se callan porque sean ilegales, sino porque siguen siendo peligrosas”. 

Con ese marco —y con ese silencio— comienza esta entrevista. 

¿Después de un caso traumático como el de Johnny Monge, bajan los umbrales de tolerancia al riesgo?

— Sí. No se reconoce así oficialmente, pero ocurre. Después de un golpe tan fuerte, la institución se vuelve más reactiva. Se amplía la noción de “riesgo” y se estrecha la de “error aceptable”.

¿Se prioriza evitar otro escándalo?

— Más que evitarlo, se intenta que no vuelva a repetirse una situación fuera de control. Nadie quiere ser el siguiente responsable de algo que pudo haberse anticipado.

¿Pesaba Johnny Monge como antecedente?

— Claro que pesaba. No como caso puntual, sino como recordatorio constante de lo que pasa cuando algo se desborda. 

Sobre la vigilancia visible aplicada al vigilado Tío Conejo, algunas fuentes cercanas al caso señalan que no fue una vigilancia normal, que el OIJ dejaba verse y sus agentes, sus autos frente a los hoteles de pernoctación del sujeto. Entonces, ¿autos del OIJ visibles frente a un hotel es patrullaje rutinario?

— No. El patrullaje rutinario no se fija en un sólo punto ni se repite con la misma lógica. Eso es presencia dirigida.

¿Se buscaba que el vigilado lo notara?

— Sí. En esos casos la visibilidad es parte del mensaje. No se trata de sorprender, sino de disuadir.

¿Eso lo decide un agente solo?

— No. Nadie se expone así sin respaldo. Aunque no haya orden escrita, hay conocimiento de mando.

¿Es una forma de presión psicológica?

— Puede entenderse así, aunque internamente se racionaliza como prevención.

La vigilancia no se limitó a un sólo punto. Hay referencias a seguimiento en San José, Siquirres, Guácimo. ¿Eso responde a una lógica distinta?

— Sí. Cuando una persona vigilada a ese nivel se mueve entre regiones, la observación también se desplaza. No para cercar, sino para no perder continuidad. Lo vigilamos en Siquirres, en caminos vecinales de Guácimo, en montaña, Liverpool, Río Blanco, debajo de algunos puentes de San José, edificios abandonados, en sectores cercanos al homicidio de las víctimas de Jhonny, en bananales, hasta sus familiares, algunos de ellos, cooperaron en este trabajo de campo.

¿Se buscaba impedir que encontrara “zonas neutras”?

— Exactamente. Que no hubiera lugares donde pudiera sentirse completamente fuera del radar.

¿Eso implica coordinación interregional?

— Implica conocimiento compartido. No necesariamente una operación formal, pero sí conciencia común de que se trataba del mismo problema moviéndose de lugar.

¿Qué se hace cuando no hay base para detener?

— Se observa. Se monitorea. Se intenta anticipar escenarios. No es ideal, pero ocurre.

¿Se gana tiempo?

— Exactamente. Se gana tiempo para que algo no pase, o para que, si pasaba, no tomara por sorpresa.

En el documento se menciona que el punto de quiebre fue cuando el vigilado se acercó a una jefatura regional poco después de la masacre, vinculándose con una de las víctimas. ¿Ese gesto influyó realmente en cómo se le empezó a ver?

— Sí. Mucho más de lo que se admite. No por el contenido de lo que dijo, sino por el momento en que lo dijo. La institución estaba herida, a la defensiva, con los nervios a flor de piel. Cuando alguien aparece en ese contexto y toca esa historia, deja de ser un sujeto cualquiera. Se convierte en un factor de riesgo, no por lo que hizo, sino por lo que puede reactivar. Desde ahí, todo lo demás se leyó distinto.

Usted habla de prevención, pero ¿cómo estaba él en ese período?, ¿cuál era el estado mental del vigilado?

— Mal. Muy mal. Había consumo fuerte de cocaína, días sin dormir, episodios de paranoia severa, él presentaba conductas erráticas en espacios públicos sensibles incluidos escuelas, hoteles, restaurantes, y buscábamos evitar este tipo de riesgos.

¿Paranoia en qué sentido?

— Se escondía debajo de las camas de los hoteles, convencido de que iban a entrar de noche. A veces desaparecía hacia zonas montañosas cercanas, sin comer, sin avisar. Lloraba. Rezaba. Estaba claramente descompensado.

¿Eso complicaba la vigilancia?

— Muchísimo. Porque ya no se trataba sólo de lo que podía hacer, sino de lo que podía hacerse a sí mismo.

¿Ese deterioro era solo por las drogas?

— Las drogas lo agravaban, pero la presión constante no ayudaba. Era una espiral.

(silencio breve)

¿La vigilancia podía estar empujándolo más al límite?

— Fue una posibilidad que nadie quería formular en voz alta.

¿Sobre los expedientes que no se ven, siempre hay un expediente formal?

— No. Muchas veces no hay uno sólo. Hay fragmentos.

¿Dónde quedan esos fragmentos?

— En bitácoras, partes internos, registros de patrullaje, anotaciones administrativas. Nada que diga “investigación sobre X”.

¿Se usan términos neutros?

— Siempre. “Presencia preventiva”, “ronda”, “verificación”. Lenguaje normalizador.

¿Hoy quién podría acceder a eso?

— Muy poca gente. Y sólo sabiendo qué buscar.

— ¿Por qué nunca fue noticia el caso Tío Conejo?

— Porque no hubo evento. La prensa cubre hechos, no prevenciones silenciosas.

¿Influye que sea difícil de explicar públicamente?

— Mucho. No hay forma sencilla de justificar vigilancia sin cargos sin abrir preguntas incómodas.

¿El riesgo era solo que él hiciera algo?

— No. También existía el riesgo inverso.

¿A qué se refiere?

— A que alguien decidiera adelantarse. A que se impusiera una lógica de “esto hay que resolverlo”.

¿La vigilancia servía para contener eso?

— Sí. Saber dónde está alguien también es una forma de protegerlo de terceros.

Usted ha dicho que vigilar a Tío Conejo fue una forma de contención, incluso de protección. Pero dígame algo que nunca se escribe en los informes: ¿qué fue lo que la institución temía más en ese momento, lo que él pudiera hacer, o lo que alguien dentro pudiera terminar haciéndole a él?

— (pausa larga)

— En ese momento, lo segundo. Cuando una institución viene de un golpe así, el riesgo no siempre está afuera. Hay rabias acumuladas, cansancio, miedo a repetir el error. Y cuando aparece alguien que no encaja, que incomoda, que toca una herida reciente, el peligro es que alguien decida “resolver” para cerrar el capítulo. La vigilancia también era para que eso no pasara. Para que nadie cruzara una línea de la que después no habría vuelta atrás.

¿Qué es peor para una institución: un enfrentamiento o una desaparición?

— Una desaparición. Porque no hay relato, no hay control, no hay cierre.

¿Mantenerlo visible evitaba eso?

— Exactamente. Mientras estaba a la vista, el caso sigue en el mundo observable.

¿Por qué nadie habló después?

— Porque no había un relato limpio que contar. Y porque removerlo no aportaba estabilidad.

¿El silencio siempre significa que no pasó nada?

— No. A veces significa que pasó algo que no conviene reinterpretar.

¿Qué pesa más con los años?

— La paz institucional.

Si todo esto no fue una operación formal, sino una suma de decisiones pequeñas, silenciosas y aparentemente razonables…

¿en qué momento una institución deja de saber exactamente qué está haciendo?

— Cuando deja de escribirlo. Mientras algo no queda en papel, se siente reversible. Se cree que siempre se puede volver atrás, aunque en la práctica ya no se sepa dónde empezó.

Y cuando el vigilado empieza a quebrarse, a perder estabilidad, a desdibujarse como amenaza y como persona… ¿ahí termina la prevención o empieza otra cosa?

— Ahí es donde nadie quiere ponerle nombre.

¿Cuáles eran los objetivos de tanta vigilancia y contención a un simple vendedor de helados?

— En ese momento, vigilar a Tío Conejo no se entendía como una medida punitiva, sino como una forma de evitar que todo terminara peor. No porque fuera un criminal probado, ni porque existiera un expediente que lo justificara, sino porque se percibía que estaba entrando —o podía entrar en cualquier momento— en una espiral peligrosa. El consumo de drogas no era un juicio moral, era un factor operativo: alteración del juicio, paranoia, impulsividad, decisiones erráticas. La combinación perfecta para que una situación menor se transformara en un hecho irreversible. El temor no era sólo que cometiera un acto violento, sino que forzara una reacción que acabara con él muerto, sin proceso, sin verdad, sin posibilidad de explicación.

¿Por qué aseguras que la situación con este sujeto era tan seria?

— Después de Johnny Monge, nadie quería otro final así. No otro cuerpo, no otro cierre rápido, no otra historia que el país aceptara con alivio y silencio. Mantener a Tío Conejo bajo observación era, paradójicamente, una manera de mantenerlo con vida. De evitar que se convirtiera en “otro Jhonny”, en otro nombre que se cerrara sin preguntas porque resultaba más cómodo no hacerlas.

¿Qué otros riesgos había en ese escenario?

— El riesgo no venía sólo de él hacia afuera. También venía hacia él. En un clima institucional cargado, con heridas abiertas y presión acumulada, empezaron a circular discursos peligrosos en el grupo. No órdenes, no planes formales, sino algo más difuso y más inquietante: la idea de que había problemas que no podían seguir existiendo. Que ciertas personas eran, en sí mismas, una amenaza latente. Que bastaba con un paso en falso para justificar cruzar esa línea de no retorno y acabar con el problema. Algunos no hablaban de vigilancia; hablaban de “resolver”. Y resolver, en ese lenguaje, no significaba investigar.

¿Entonces era una operación en ambas direcciones?

— Así es. La observación constante funcionaba entonces como una forma de contención doble: hacia afuera, para anticipar una posible escalada; y hacia adentro, para evitar que alguien cruzara una línea de la que no habría retorno. Saber dónde estaba, con quién se reunía, quién se le acercaba, no sólo permitía controlar la situación, sino impedir que otros decidieran adelantarse. Que la justicia por mano propia —envuelta en rabia, miedo o cansancio— se impusiera al proceso, aunque el proceso fuera incómodo, lento o insuficiente.

¿Puedes describir ese escenario de manera más amplia?

— Había un escenario en el que se temía más que cualquier enfrentamiento: la desaparición. Que Tío Conejo simplemente dejara de estar. Que apareciera muerto sin contexto, o que nunca apareciera. Eso habría abierto un agujero imposible de cerrar, alimentado rumores durante décadas y convertido el caso en una leyenda tóxica para la institución. Vigilar era, en ese sentido, una manera de mantener el relato en el plano observable, de evitar que se perdiera en la oscuridad donde ya no hay control ni explicación posible.

No había buenas opciones. No había cargos sólidos, no había flagrancia, no había base jurídica clara para detener. Pero sí había una sensación persistente de riesgo, de amenaza difusa, de historia que podía repetirse. En ese margen estrecho, la vigilancia apareció como el mal menor. No como solución, sino como aplazamiento. No como justicia, sino como intento desesperado de que nada explotara.

¿Entonces qué es lo que se buscaba?

— En ese contexto, lo que se buscaba evitar no era sólo un delito. Era otro final sin juicio. Otra muerte aceptada en silencio. Otro error que la institución no podía permitirse.

No hubo más preguntas, no porque ya no hicieran falta, sino porque algunas respuestas siguen operando mejor en silencio. 

https://rumble.com/v73qvts-jonny-monge-posibles-finales-westfalia-limn-costa-rica-1991.html

ANEXO EDITORIAL: ¿qué hace el poder cuando no puede volver a fallar, qué hace la Policía cuando no puede matar ni detener, ¿qué hace una institución cuando sólo le queda vigilar? ¿Hasta dónde se despliega el poder cuando el sujeto no “lo merece”?

¿Por qué Johnny Monge desaparece del centro de esta segunda parte?

No porque haya sido olvidado, sino porque su historia tuvo un final. Brutal, polémico, aceptado con alivio por una parte de la sociedad, pero final al fin. Jhonny Monge se convirtió en un trauma cerrado: un cuerpo, una versión dominante, un punto final que permitió a la institución seguir adelante sin revisar a fondo lo que había fallado antes. Su nombre dejó de pronunciarse no por irrelevante, sino porque ya no generaba preguntas operativas. Jhonny Monge pasó a ser antecedente, advertencia muda, referencia tácita. Un límite que no debía volver a cruzarse.

Tío Conejo, en cambio, no ofrecía ese cierre. No hubo cadáver, no había expediente sólido, no había delito probado que justificara una detención, pero tampoco había tranquilidad. Su sola presencia activaba el recuerdo de Jhonny Monge, no como historia, sino como amenaza latente: la posibilidad de que todo volviera a desbordarse. Ahí es donde el peso institucional se desplazó. No hacia el pasado que ya había sido clausurado, sino hacia ese presente incómodo que no permitía soluciones limpias.

Por eso el poder no se ejerció como castigo, sino como contención. No como persecución formal, sino como vigilancia persistente. No para resolver un crimen, sino para evitar otro final que la institución no podía permitirse. Jhonny Monge representaba lo que ocurre cuando el control falla; Tío Conejo representaba lo que ocurre cuando el control no puede traducirse ni en arresto ni en absolución.

Y esa es la pregunta que queda abierta, más allá de nombres propios: cuando el trauma se vuelve doctrina y la prevención reemplaza al proceso, ¿cuántas veces el poder se reorganiza no alrededor de los culpables probados, sino alrededor de los casos que no puede cerrar? ¿Y cuántas decisiones silenciosas, tomadas para que “no pase nada”, terminan definiendo más el rumbo institucional que los hechos que sí llegaron a juicio?

Johnny Monge no desapareció del esquema. Se convirtió en el fantasma que explica por qué Tío Conejo tuvo que ser vigilado. Y Tío Conejo, a su vez, expone una lógica más amplia: la de un poder que, cuando no puede permitirse otro error, aprende a actuar sin dejar expediente.

Ahí es donde esta historia deja de ser local. Y es ahí donde comienza la siguiente entrega periodística y cierre de esta trilogía informativa.

NOTA EDITORIAL Y ACLARACIÓN AL LECTOR / VER PRIMERA PARTE / ( DOCUMENTO COMPLETO )

PARTE 3https://masdiario.es/el-fantasma-el-vigilado-y-el-repertorio-cierre-de-una-trilogia-sobre-poder-y-silencio/

Esta entrevista forma parte de la segunda entrega de un trabajo periodístico iniciado en la Parte 1, en la que se abordó la circulación pública de un documento no oficial —de origen incierto y sin validación institucional— que reactivó memorias, debates y testimonios en torno a determinados episodios de la historia policial reciente de Costa Rica. 

Dicho documento no se presenta ni se utiliza como prueba, ni como registro auténtico de actuaciones oficiales. Su existencia y difusión constituyen, exclusivamente, el punto de partida del interés periodístico que motiva esta investigación, en la medida en que permitió identificar coincidencias, silencios persistentes y patrones narrativos que sobreviven en la memoria institucional y social, aun en ausencia de expedientes formales o resoluciones judiciales concluyentes. 

La entrevista que sigue no busca validar ni refutar el contenido de ese documento, ni atribuir responsabilidades individuales a personas concretas, vivas o fallecidas. Se trata de un ejercicio de periodismo de análisis y contexto, basado en el testimonio anónimo de una fuente con experiencia directa en el ámbito abordado, cuyas opiniones y percepciones se presentan como tales, sin carácter probatorio ni judicial. 

El uso de nombres ficticios, referencias genéricas y la omisión deliberada de datos identificables responde a criterios editoriales orientados a la protección de las fuentes, al respeto de la presunción de inocencia y a la seguridad de terceros. Las descripciones incluidas deben entenderse como reconstrucciones analíticas de climas institucionales y lógicas operativas, no como afirmaciones de hechos comprobados ni como la existencia de operaciones oficiales, clandestinas o encubiertas. 

Este medio asume el deber ético de preservar la confidencialidad de sus fuentes y de no revelar identidades, métodos de obtención de información ni detalles sensibles, salvo en los supuestos legalmente previstos de amenaza grave e inminente. Asimismo, reitera que el objetivo de esta publicación es invitar a la reflexión crítica sobre los límites del poder, la prevención, la memoria y las zonas grises de la actuación estatal, sin pretender ofrecer verdades cerradas ni conclusiones definitivas. 

Equipo de Investigación y análisis

Durante décadas, ciertos episodios quedaron flotando en la memoria policial y social de Costa Rica sin expediente completo, sin cierre judicial y sin una versión única que resistiera el paso del tiempo. No porque no ocurrieran, sino porque ocurrieron en una zona gris: allí donde la vigilancia reemplaza al arresto, la presión sustituye a la prueba y el error ya no es una opción.

Esta segunda parte no intenta probar delitos ni validar documentos apócrifos. Reconstruye, a partir de testimonios coincidentes, recuerdos persistentes y patrones operativos reconocibles, una pregunta incómoda que nunca se fue: ¿qué hace una institución cuando no puede permitirse otro Johnny Monge?

EX-AGENTE ROMPE EL SILENCIO

Pese a que hicimos varias consultas a distintos actores del sistema judicial y policial, éstos revelaron una reacción consistente: cautela extrema, negativas tajantes y referencias reiteradas a riesgos aún vigentes, aún así, y tras varias conversaciones en esta dirección, un exagente judicial del OIJ que habría participado en las refriegas del caso Johnny Monge y Tío Conejo, acordó sostener un encuentro y posterior entrevista.

No aceptó hablar cuando se lo propusimos por primera vez. Ni la segunda. Ni la tercera. En cada intento, la respuesta fue distinta en la forma, pero idéntica en el fondo: “no es buena idea”, “no conviene”, “eso todavía quema”. No hubo preguntas sobre el enfoque ni interés en conocer el texto. El rechazo no era periodístico; era instintivo.

El acceso no se logró por insistencia, sino por comprensión. Por aceptar el silencio como parte de la conversación. Por dejar días, semanas. Por no volver sobre nombres ni fechas. Por entender que, para algunos, ciertos episodios no pertenecen al pasado, aunque hayan ocurrido hace décadas.

Cuando finalmente ‘Ramiro’ accedió (lo llamaremos así), lo hizo con condiciones que no pidió negociar. No habló de anonimato: lo dio por hecho. No porque temiera consecuencias legales —ya no estaba en funciones—, sino porque siguen vivas personas vinculadas a esos hechos y a otros similares. “No es que uno tenga miedo por lo que diga”, aclaró en un mensaje previo, “es por lo que se reactiva cuando se dice”.

El encuentro cambió de lugar dos veces. Se evitó cualquier espacio asociado a trabajo, rutina o memoria institucional. No hubo cámaras ni libretas visibles, sólo un celular grabando la conversación, tampoco intercambio de documentos. Sólo conversación y memoria compartida, con pausas largas y frases medidas. Cada tanto, miradas alrededor, no por paranoia, sino por hábito.

Antes de entrar en materia, hubo una advertencia que se repitió más de una vez: dentro de los equipos que participaron en ese caso —y en otros de la misma naturaleza— hubo tensiones reales, advertencias cruzadas y miedos explícitos. No discusiones ideológicas, sino temores concretos. “Ahí no todo el mundo estábamos cómodos”, dijo Ramiro. “Y no todos reaccionan igual cuando creen que algo se está saliendo de control”.

Habló de llamadas que no dejaban registro. De frases dichas “al aire”, lo suficientemente fuertes como para ser entendidas, lo suficientemente vagas como para no ser atribuibles. De climas internos donde algunos empujaban a matar al vigilado, hacia una resolución rápida, mientras que otros intentaban, simplemente, ganar tiempo. “A veces la amenaza no venía de afuera”, reconoció Ramiro sin desarrollar. 

NADA VISIBLE

Cuando se le preguntó por qué nada de eso llegó a los medios, la respuesta fue inmediata: “Porque no pasó nada visible”. Y luego agregó algo más inquietante: “Y porque había consenso en que era mejor que no pasara”. No habló de órdenes. Habló de ambiente. De una sensación compartida de que remover ciertas historias no traería estabilidad, sino ruido.

El entrevistado no buscó justificar decisiones ni limpiar trayectorias. Evitó reconstrucciones cerradas y descartó cualquier intento de cronología exhaustiva, “eso es para expedientes”, dijo en un momento. “Y acá no hubo uno sólo, hubo pedazos”. Insistió en que lo importante no era el detalle operativo, sino la lógica que se impuso cuando el margen de error se volvió cero.

Antes de despedirse, Ramiro pidió algo concreto: que no se intentara presentar esto como una operación formal ni como una verdad definitiva. “Porque no lo fue”. Y añadió, casi en voz baja, una frase que funcionó como advertencia editorial: “Hay cosas que no se callan porque sean ilegales, sino porque siguen siendo peligrosas”. 

Con ese marco —y con ese silencio— comienza esta entrevista. 

¿Después de un caso traumático como el de Johnny Monge, bajan los umbrales de tolerancia al riesgo?

— Sí. No se reconoce así oficialmente, pero ocurre. Después de un golpe tan fuerte, la institución se vuelve más reactiva. Se amplía la noción de “riesgo” y se estrecha la de “error aceptable”.

¿Se prioriza evitar otro escándalo?

— Más que evitarlo, se intenta que no vuelva a repetirse una situación fuera de control. Nadie quiere ser el siguiente responsable de algo que pudo haberse anticipado.

¿Pesaba Johnny Monge como antecedente?

— Claro que pesaba. No como caso puntual, sino como recordatorio constante de lo que pasa cuando algo se desborda. 

Sobre la vigilancia visible aplicada al vigilado Tío Conejo, algunas fuentes cercanas al caso señalan que no fue una vigilancia normal, que el OIJ dejaba verse y sus agentes, sus autos frente a los hoteles de pernoctación del sujeto. Entonces, ¿autos del OIJ visibles frente a un hotel es patrullaje rutinario?

— No. El patrullaje rutinario no se fija en un sólo punto ni se repite con la misma lógica. Eso es presencia dirigida.

¿Se buscaba que el vigilado lo notara?

— Sí. En esos casos la visibilidad es parte del mensaje. No se trata de sorprender, sino de disuadir.

¿Eso lo decide un agente solo?

— No. Nadie se expone así sin respaldo. Aunque no haya orden escrita, hay conocimiento de mando.

¿Es una forma de presión psicológica?

— Puede entenderse así, aunque internamente se racionaliza como prevención.

La vigilancia no se limitó a un sólo punto. Hay referencias a seguimiento en San José, Siquirres, Guácimo. ¿Eso responde a una lógica distinta?

— Sí. Cuando una persona vigilada a ese nivel se mueve entre regiones, la observación también se desplaza. No para cercar, sino para no perder continuidad. Lo vigilamos en Siquirres, en caminos vecinales de Guácimo, en montaña, Liverpool, Río Blanco, debajo de algunos puentes de San José, edificios abandonados, en sectores cercanos al homicidio de las víctimas de Jhonny, en bananales, hasta sus familiares, algunos de ellos, cooperaron en este trabajo de campo.

¿Se buscaba impedir que encontrara “zonas neutras”?

— Exactamente. Que no hubiera lugares donde pudiera sentirse completamente fuera del radar.

¿Eso implica coordinación interregional?

— Implica conocimiento compartido. No necesariamente una operación formal, pero sí conciencia común de que se trataba del mismo problema moviéndose de lugar.

¿Qué se hace cuando no hay base para detener?

— Se observa. Se monitorea. Se intenta anticipar escenarios. No es ideal, pero ocurre.

¿Se gana tiempo?

— Exactamente. Se gana tiempo para que algo no pase, o para que, si pasaba, no tomara por sorpresa.

En el documento se menciona que el punto de quiebre fue cuando el vigilado se acercó a una jefatura regional poco después de la masacre, vinculándose con una de las víctimas. ¿Ese gesto influyó realmente en cómo se le empezó a ver?

— Sí. Mucho más de lo que se admite. No por el contenido de lo que dijo, sino por el momento en que lo dijo. La institución estaba herida, a la defensiva, con los nervios a flor de piel. Cuando alguien aparece en ese contexto y toca esa historia, deja de ser un sujeto cualquiera. Se convierte en un factor de riesgo, no por lo que hizo, sino por lo que puede reactivar. Desde ahí, todo lo demás se leyó distinto.

Usted habla de prevención, pero ¿cómo estaba él en ese período?, ¿cuál era el estado mental del vigilado?

— Mal. Muy mal. Había consumo fuerte de cocaína, días sin dormir, episodios de paranoia severa, él presentaba conductas erráticas en espacios públicos sensibles incluidos escuelas, hoteles, restaurantes, y buscábamos evitar este tipo de riesgos.

¿Paranoia en qué sentido?

— Se escondía debajo de las camas de los hoteles, convencido de que iban a entrar de noche. A veces desaparecía hacia zonas montañosas cercanas, sin comer, sin avisar. Lloraba. Rezaba. Estaba claramente descompensado.

¿Eso complicaba la vigilancia?

— Muchísimo. Porque ya no se trataba sólo de lo que podía hacer, sino de lo que podía hacerse a sí mismo.

¿Ese deterioro era solo por las drogas?

— Las drogas lo agravaban, pero la presión constante no ayudaba. Era una espiral.

(silencio breve)

¿La vigilancia podía estar empujándolo más al límite?

— Fue una posibilidad que nadie quería formular en voz alta.

¿Sobre los expedientes que no se ven, siempre hay un expediente formal?

— No. Muchas veces no hay uno sólo. Hay fragmentos.

¿Dónde quedan esos fragmentos?

— En bitácoras, partes internos, registros de patrullaje, anotaciones administrativas. Nada que diga “investigación sobre X”.

¿Se usan términos neutros?

— Siempre. “Presencia preventiva”, “ronda”, “verificación”. Lenguaje normalizador.

¿Hoy quién podría acceder a eso?

— Muy poca gente. Y sólo sabiendo qué buscar.

— ¿Por qué nunca fue noticia el caso Tío Conejo?

— Porque no hubo evento. La prensa cubre hechos, no prevenciones silenciosas.

¿Influye que sea difícil de explicar públicamente?

— Mucho. No hay forma sencilla de justificar vigilancia sin cargos sin abrir preguntas incómodas.

¿El riesgo era solo que él hiciera algo?

— No. También existía el riesgo inverso.

¿A qué se refiere?

— A que alguien decidiera adelantarse. A que se impusiera una lógica de “esto hay que resolverlo”.

¿La vigilancia servía para contener eso?

— Sí. Saber dónde está alguien también es una forma de protegerlo de terceros.

Usted ha dicho que vigilar a Tío Conejo fue una forma de contención, incluso de protección. Pero dígame algo que nunca se escribe en los informes: ¿qué fue lo que la institución temía más en ese momento, lo que él pudiera hacer, o lo que alguien dentro pudiera terminar haciéndole a él?

— (pausa larga)

— En ese momento, lo segundo. Cuando una institución viene de un golpe así, el riesgo no siempre está afuera. Hay rabias acumuladas, cansancio, miedo a repetir el error. Y cuando aparece alguien que no encaja, que incomoda, que toca una herida reciente, el peligro es que alguien decida “resolver” para cerrar el capítulo. La vigilancia también era para que eso no pasara. Para que nadie cruzara una línea de la que después no habría vuelta atrás.

¿Qué es peor para una institución: un enfrentamiento o una desaparición?

— Una desaparición. Porque no hay relato, no hay control, no hay cierre.

¿Mantenerlo visible evitaba eso?

— Exactamente. Mientras estaba a la vista, el caso sigue en el mundo observable.

¿Por qué nadie habló después?

— Porque no había un relato limpio que contar. Y porque removerlo no aportaba estabilidad.

¿El silencio siempre significa que no pasó nada?

— No. A veces significa que pasó algo que no conviene reinterpretar.

¿Qué pesa más con los años?

— La paz institucional.

Si todo esto no fue una operación formal, sino una suma de decisiones pequeñas, silenciosas y aparentemente razonables…

¿en qué momento una institución deja de saber exactamente qué está haciendo?

— Cuando deja de escribirlo. Mientras algo no queda en papel, se siente reversible. Se cree que siempre se puede volver atrás, aunque en la práctica ya no se sepa dónde empezó.

Y cuando el vigilado empieza a quebrarse, a perder estabilidad, a desdibujarse como amenaza y como persona… ¿ahí termina la prevención o empieza otra cosa?

— Ahí es donde nadie quiere ponerle nombre.

¿Cuáles eran los objetivos de tanta vigilancia y contención a un simple vendedor de helados?

— En ese momento, vigilar a Tío Conejo no se entendía como una medida punitiva, sino como una forma de evitar que todo terminara peor. No porque fuera un criminal probado, ni porque existiera un expediente que lo justificara, sino porque se percibía que estaba entrando —o podía entrar en cualquier momento— en una espiral peligrosa. El consumo de drogas no era un juicio moral, era un factor operativo: alteración del juicio, paranoia, impulsividad, decisiones erráticas. La combinación perfecta para que una situación menor se transformara en un hecho irreversible. El temor no era sólo que cometiera un acto violento, sino que forzara una reacción que acabara con él muerto, sin proceso, sin verdad, sin posibilidad de explicación.

¿Por qué aseguras que la situación con este sujeto era tan seria?

— Después de Johnny Monge, nadie quería otro final así. No otro cuerpo, no otro cierre rápido, no otra historia que el país aceptara con alivio y silencio. Mantener a Tío Conejo bajo observación era, paradójicamente, una manera de mantenerlo con vida. De evitar que se convirtiera en “otro Jhonny”, en otro nombre que se cerrara sin preguntas porque resultaba más cómodo no hacerlas.

¿Qué otros riesgos había en ese escenario?

— El riesgo no venía sólo de él hacia afuera. También venía hacia él. En un clima institucional cargado, con heridas abiertas y presión acumulada, empezaron a circular discursos peligrosos en el grupo. No órdenes, no planes formales, sino algo más difuso y más inquietante: la idea de que había problemas que no podían seguir existiendo. Que ciertas personas eran, en sí mismas, una amenaza latente. Que bastaba con un paso en falso para justificar cruzar esa línea de no retorno y acabar con el problema. Algunos no hablaban de vigilancia; hablaban de “resolver”. Y resolver, en ese lenguaje, no significaba investigar.

¿Entonces era una operación en ambas direcciones?

— Así es. La observación constante funcionaba entonces como una forma de contención doble: hacia afuera, para anticipar una posible escalada; y hacia adentro, para evitar que alguien cruzara una línea de la que no habría retorno. Saber dónde estaba, con quién se reunía, quién se le acercaba, no sólo permitía controlar la situación, sino impedir que otros decidieran adelantarse. Que la justicia por mano propia —envuelta en rabia, miedo o cansancio— se impusiera al proceso, aunque el proceso fuera incómodo, lento o insuficiente.

¿Puedes describir ese escenario de manera más amplia?

— Había un escenario en el que se temía más que cualquier enfrentamiento: la desaparición. Que Tío Conejo simplemente dejara de estar. Que apareciera muerto sin contexto, o que nunca apareciera. Eso habría abierto un agujero imposible de cerrar, alimentado rumores durante décadas y convertido el caso en una leyenda tóxica para la institución. Vigilar era, en ese sentido, una manera de mantener el relato en el plano observable, de evitar que se perdiera en la oscuridad donde ya no hay control ni explicación posible.

No había buenas opciones. No había cargos sólidos, no había flagrancia, no había base jurídica clara para detener. Pero sí había una sensación persistente de riesgo, de amenaza difusa, de historia que podía repetirse. En ese margen estrecho, la vigilancia apareció como el mal menor. No como solución, sino como aplazamiento. No como justicia, sino como intento desesperado de que nada explotara.

¿Entonces qué es lo que se buscaba?

— En ese contexto, lo que se buscaba evitar no era sólo un delito. Era otro final sin juicio. Otra muerte aceptada en silencio. Otro error que la institución no podía permitirse.

No hubo más preguntas, no porque ya no hicieran falta, sino porque algunas respuestas siguen operando mejor en silencio. 

https://rumble.com/v73qvts-jonny-monge-posibles-finales-westfalia-limn-costa-rica-1991.html

ANEXO EDITORIAL: ¿qué hace el poder cuando no puede volver a fallar, qué hace la Policía cuando no puede matar ni detener, ¿qué hace una institución cuando sólo le queda vigilar? ¿Hasta dónde se despliega el poder cuando el sujeto no “lo merece”?

¿Por qué Johnny Monge desaparece del centro de esta segunda parte?

No porque haya sido olvidado, sino porque su historia tuvo un final. Brutal, polémico, aceptado con alivio por una parte de la sociedad, pero final al fin. Jhonny Monge se convirtió en un trauma cerrado: un cuerpo, una versión dominante, un punto final que permitió a la institución seguir adelante sin revisar a fondo lo que había fallado antes. Su nombre dejó de pronunciarse no por irrelevante, sino porque ya no generaba preguntas operativas. Jhonny Monge pasó a ser antecedente, advertencia muda, referencia tácita. Un límite que no debía volver a cruzarse.

Tío Conejo, en cambio, no ofrecía ese cierre. No hubo cadáver, no había expediente sólido, no había delito probado que justificara una detención, pero tampoco había tranquilidad. Su sola presencia activaba el recuerdo de Jhonny Monge, no como historia, sino como amenaza latente: la posibilidad de que todo volviera a desbordarse. Ahí es donde el peso institucional se desplazó. No hacia el pasado que ya había sido clausurado, sino hacia ese presente incómodo que no permitía soluciones limpias.

Por eso el poder no se ejerció como castigo, sino como contención. No como persecución formal, sino como vigilancia persistente. No para resolver un crimen, sino para evitar otro final que la institución no podía permitirse. Jhonny Monge representaba lo que ocurre cuando el control falla; Tío Conejo representaba lo que ocurre cuando el control no puede traducirse ni en arresto ni en absolución.

Y esa es la pregunta que queda abierta, más allá de nombres propios: cuando el trauma se vuelve doctrina y la prevención reemplaza al proceso, ¿cuántas veces el poder se reorganiza no alrededor de los culpables probados, sino alrededor de los casos que no puede cerrar? ¿Y cuántas decisiones silenciosas, tomadas para que “no pase nada”, terminan definiendo más el rumbo institucional que los hechos que sí llegaron a juicio?

Johnny Monge no desapareció del esquema. Se convirtió en el fantasma que explica por qué Tío Conejo tuvo que ser vigilado. Y Tío Conejo, a su vez, expone una lógica más amplia: la de un poder que, cuando no puede permitirse otro error, aprende a actuar sin dejar expediente.

Ahí es donde esta historia deja de ser local. Y es ahí donde comienza la siguiente entrega periodística y cierre de esta trilogía informativa.

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