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¿Cuándo dejamos de comer juntos?

Prof. Gonzalo Rodríguez Burgos
5 minutos de lectura

Hay recuerdos que no tienen fecha, pero conservan intacto su aroma.

A veces basta el olor de un humeante arroz con carne recién servido, el chisporroteo de un aderezo o el sonido de una cuchara golpeando un plato para que el tiempo retroceda varias décadas y volvamos, casi sin proponérnoslo, a la mesa de nuestra infancia.

Qué extraño.

No solemos recordar el menú de un miércoles cualquiera. En cambio, recordamos perfectamente quién ocupaba cada silla. La voz de papá contando, por enésima vez, aquella historia de la tía Simona que siempre arrancaba carcajadas. La paciencia de mamá esperando que todos estuvieran sentados para recién empezar a servir. El abuelo Horacio corrigiendo alguna palabra mal pronunciada. El primo Lalo haciendo muecas mientras fingía que las espinacas eran el peor invento de la humanidad.

Ahora lo entiendo.

Nunca estuvimos recordando la comida.

Lo que la memoria había guardado era la compañía.

Los filósofos han repetido, desde hace siglos, que el ser humano no nace para vivir aislado. Aristóteles afirmaba que somos seres sociales por naturaleza. Martin Buber fue todavía más lejos al sostener que nuestra existencia adquiere sentido en el encuentro con el otro. Quizá, por eso una mesa nunca fue únicamente un mueble. Era un lugar donde aprendíamos, sin manuales ni discursos, el difícil arte de convivir.

Con el tiempo descubrí que mi mamita Estela no insistía en que todos llegáramos puntuales solo por disciplina. Sin saberlo, estaba defendiendo algo mucho más valioso: un espacio donde la familia existía al mismo tiempo.

Porque, una familia no se forma únicamente compartiendo un apellido.

Se forma compartiendo horas.

Hoy seguimos reuniéndonos alrededor de la mesa, pero no siempre alrededor de los mismos momentos. Julio llega con los audífonos puestos. Nelia responde un mensaje antes de sentarse. Fio levanta el celular para fotografiar el plato. Magalli revisa las noticias. Papá observa cejijunto la escena. Cada uno parece estar acompañado por cientos de personas y, paradójicamente, un poco más lejos de quienes tiene enfrente.

Las pantallas nunca piden permiso para sentarse.

Simplemente, ocupan el mejor lugar.

Y, mientras creemos que nada importante está ocurriendo, el cerebro observa en silencio.

Las neurociencias han descubierto algo fascinante. Nuestro cerebro no solo analiza lo que comemos; también, interpreta el ambiente en el que comemos. Si percibe tranquilidad, conversación y cercanía, activa el sistema encargado del descanso y la digestión. El corazón disminuye discretamente su ritmo, el intestino trabaja con mayor armonía y ese inmenso universo microscópico llamado microbiota encuentra las condiciones ideales para cumplir su tarea.

El cuerpo entiende que está a salvo.

Pero, cuando almorzamos con prisa, solos o pendientes del teléfono, sucede exactamente lo contrario. El cerebro mantiene abiertas las puertas de la vigilancia. Como un centinela incapaz de abandonar su puesto, continúa preparado para responder a cualquier amenaza. Y un organismo en alerta nunca digiere igual que un organismo en paz.

Lo más hermoso de todo es que nuestros padres ignoraban palabras como microbiota, nervio vago o eje intestino-cerebro. No necesitaban conocerlas. La sabiduría cotidiana les había enseñado algo que hoy la ciencia apenas comienza a describir con precisión: el cuerpo también se alimenta del ambiente emocional.

Tal vez, por eso aquellas sobremesas parecían interminables. Mientras nosotros pensábamos que solo escuchábamos historias repetidas, nuestro cerebro estaba construyendo recuerdos que durarían toda la vida. Porque, la memoria no conserva únicamente los hechos; conserva, sobre todo, las emociones con las que esos hechos fueron vividos.

Quizá, el mayor legado de aquellas mesas no fue enseñarnos a terminar la sopa, a usar correctamente los cubiertos o a pedir permiso para levantarnos.

Nos enseñaron algo infinitamente más importante.

Que dedicar tiempo a quienes amamos nunca ha sido una pérdida de tiempo.

Ha sido, desde siempre, la forma más silenciosa y profunda de decir: “aquí perteneces”.

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