contador

Guayaquil: La ciudad que nació resistiendo / Ecuador

Msc. Mariana Alvarado Fariño
6 minutos de lectura

Loor a los 491 años del proceso fundacional de la Perla Del Pacífico

Por Gunter Ponce Aspiazu.

Está claro que para entender cómo se produjo la fundación de Santiago de Guayaquil hay que despojarse de la idea romántica de un fundador clavando una estandarte para “bautizar” una tierra supuestamente anónima. Guayaquil no necesitó que ningún extranjero le otorgara su identidad: mucho antes de que las botas castellanas pisotearan la cuenca del Guayas, esta tierra sagrada ya tenía su propio nombre. Era el señorío de Guayaquile, el noble cacique aborigen cuya autoridad y linaje gobernaban estas aguas.

La corona española intentó imponer únicamente el nombre de su santo guerrero, Santiago, pero el peso ancestral de nuestras raíces fue más fuerte que la espada, obligando a los conquistadores a doblegarse ante la historia y adosar la fe europea al nombre indómito de nuestro cacique.

Por eso, Guayaquil no nació de un trazo sereno sobre un mapa ni del capricho de un fundador; nació en movimiento, a golpe de remo, esfuerzo y resistencia. Fue una ciudad itinerante, que durante más de doce años peregrinó por la geografía tropical antes de encontrar su asiento definitivo al pie del cerro Santa Ana.

Esa más de una década de mudanzas no fue fruto del azar, de sismos devastadores ni de la búsqueda caprichosa de tierras de cultivo. Tardó en nacer jurídicamente, porque las naciones originarias de nuestro litoral se negaron a ser conquistadas.

Mientras los grandes ejércitos andinos entablaban batallas campales en terreno abierto, los cacicazgos de la costa comprendieron con brillantez estratégica que la clave para frenar al invasor residía en convertir la red de ríos y estuarios en un laberinto mortal. Para los europeos, el agua era una frontera traicionera; para los huancavilcas, chonos y punáes, el majestuoso curso del Guayas y sus afluentes era su hogar, su fortaleza anfibia y su mejor arma.

En las aguas del golfo, el legendario señor de la Isla Puná, el Cacique Tumbalá, fue pionero en infligir severas derrotas a las huestes castellanas. Con una escuadra de balsas de maniobrabilidad prodigiosa, Tumbalá demostró una astucia militar consumada: pactó cuando fue necesario, pero cuando los invasores intentaron someter a su pueblo, convirtió el golfo en un infierno fluvial, desbaratando los planes de expansión española y sembrando el pánico en las expediciones de Francisco Pizarro.

La resistencia nativa fue una lección magistral de guerra de desgaste e inteligencia ambiental. Nuestros antepasados estudiaron los puntos débiles de la tecnología europea. Sabían que durante el crudo invierno costeño, cuando la humedad roza el ciento por ciento y las lluvias son incesantes, la mecha del arcabuz hispano era inservible y la pólvora se convertía en una pasta inútil. Era precisamente bajo el aguacero cuando los guerreros huancavilcas estrenaban sus ofensivas.

Dominaban las mareas con absoluta precisión. Atraían con maña a los navíos españoles hacia cauces secundarios durante la pleamar. Al bajar la marea, los pesados barcos castellanos quedaban varados e inmovilizados en el lodo. Era entonces cuando cientos de ágiles piraguas brotaban como fantasmas de entre los manglares, rodeando a las naves y acribillando a sus tripulantes desde ángulos ciegos donde la artillería pesada jamás podía encuadrarse.

Tampoco combatían con armas rudimentarias. Los pueblos de la costa dominaban la estólica, una palanca mecánica de madera que multiplicaba por tres la aceleración y la distancia de impacto de sus dardos, capaces de perforar la protección enemiga. Y en el combate cuerpo a cuerpo, usaban una macana tallada en durísima chonta que destrozaba extremidades y doblaba el acero. Cuando los españoles intentaban internarse en busca de bastimentos, las comunidades aplicaban la táctica de la tierra quemada: incendiaban sus propias siembras de maíz y yuca y se internaban en la selva, reduciendo a las guarniciones enemigas por pura inanición.

Como nos enseñaron en sus obras fundamentales historiadores de la talla de Miguel Aspiazu Carbo, José Antonio Gómez Iturralde y Julio Estrada Ycaza, la localización de Santiago de Guayaquil obedece a una dolorosa anatomía militar. Los colapsos y refundaciones en Liribamba, Chilintomo, Chongón, Yaguachi y Amay no fueron simples anécdotas: fueron derrotas militares provocadas por la furia indígena que obligaron a la ciudad a desplazar su emplazamiento en repetidas ocasiones.

Solo hacia 1547, cuando los españoles renunciaron a someter las cuencas interiores y se atrincheraron en las faldas defensivas del cerro Lominchao (hoy conocido como Cerro Santa Ana) lograron erigir un punto de apoyo capaz de resistir las incursiones fluviales.

Por eso, conmemorar la fundación de Guayaquil no es celebrar una sumisión pacífica, sino honrar el coraje invencible de los pueblos que defendieron este suelo. Guayaquil no fue fundada sobre la pasividad, sino sobre la llama ardiente de la libertad aborigen. Somos hijos de una ciudad que tuvo que levantarse una y otra vez hasta encontrar su lugar en la historia. Llevamos en nuestra sangre la fuerza de la marea y la madera guerrera de quienes prefirieron resistir antes que doblegarse. Esa es la verdadera cuna de nuestra identidad.

Compartir este artículo
No hay comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *