La incredulidad sobre las posibilidades de aporte de la Sociedad Civil

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PEDRO HIDALGO HERRERA

Desde la perspectiva de la cultura dominante, el mundo de la sociedad civil es percibido como un mundo secundario, de segunda línea respecto a lo que sucede en el “mundo importante” conformado por los mercados. Su énfasis está totalmente volcado en el mercado, la fuerza de los incentivos económicos, la gerencia de negocios, la maximización de utilidades como motor del desarrollo, las señales que pueden atraer o alejar al mercado.  La falacia razona en términos de una dualidad básica; Estado versus mercado. En el fondo lo que el pensamiento económico convencional está haciendo a través de su desvalorización de las posibilidades de la sociedad civil, es cerrar el paso a la entrada misma del concepto de capital social. Desarrollar el capital social significa fortalecer la sociedad civil a través de políticas que mejoren la confianza, que según dicen los mismos estudios, en sociedades polarizadas es muy fuertemente erosionada por la desigualdad. También implica propiciar el crecimiento de la asociatividad, y contribuir a hacer madurar la conciencia cívica. Tras la falacia de la incredulidad sobre la sociedad civil, se halla un rechazo más amplio a la idea de que hay otros capitales a tener en cuenta, como el social. Un cerrado “reduccionismo economicista” obstruye el paso a ampliar la visión del desarrollo con su incorporación y a extraer las consecuencias consiguientes en términos de políticas de apoyo al fortalecimiento y potenciación de las capacidades latentes en la sociedad civil.

A pesar de que en  Chile gobernó desde 1990 una coalición mayoritaria, muchos de cuyos cuadros fueron reclutados y entrenados  en la sociedad civil organizada y que insertaron un discurso que actualmente se identifica con “pro sociedad civil”; ello no ha dado lugar a propuestas de gubernamentales que fortalezcan el papel de la sociedad civil y profundicen la democracia en su dimensión participativa.

En Chile se percibe un debilitamiento y una baja participación de la sociedad civil, producto de la subordinación de la conducción estatal a los requerimientos de la inserción del país en un modelo de globalización, cuyas consecuencias para la sociedad civil son de desarticulación, fragmentación y falta de relevancia de su acción. Del mismo modo se puede observar que no existe un papel protagónico de las políticas sociales en la creación de ambientes  propicios para la sociedad civil, distinguiéndose  la falta de un marco institucional adecuado para ello.

Y por lo demás, el modelo de participación de la sociedad civil está todavía dominado  por una concepción  instrumental de corto plazo, traspasado desde el gobierno central al municipal y de éste a las organizaciones sociales, las que se nuclean, proliferan, formalizan jurídicamente y participan especialmente allí donde hay entrega de recursos de algún tipo, aunque no calcen con sus prioridades y agenda. Es decir, predomina un modelo que no está orientado al desarrollo de capital social, sino funcional hacia el fortalecimiento de la administración municipal como proveedora eficiente de servicios y subvenciones sociales –todavía deficitarios en calidad, metas y orientaciones compartidas– provistas por  el nivel central.

El valor que se otorga hoy a la sociedad civil es el ser el espacio de la autonomía, la solidaridad, la participación, la civilidad, frente a un Estado cuyo lenguaje es el de la coerción y un mercado que se rige por la autorregulación y  la competencia. Lo cierto es que si el Estado no interviene para crear espacios  e  instituciones  donde  los actores  puedan  actuar  autónomamente,  éstos estarán ausentes y la crisis de representación ciudadana no acabará.

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