Mi calle.

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Por Ramón Muñoz Yanes

La calle de mi infancia, estaba repleta de trampas para niños.

Los adultos la habían llenado de postes con cables eléctricos, para atrapar chiringas y papalotes. Sólo los más diestros lograban rebasar los cables y levantar los cometas al viento. También los adultos pusieron alcantarillas para atrapar nuestras pelotas de béisbol y las canicas, con gruesas rejillas de hierro a través de las cuales, sólo pasaba el brazo de “El Lagartija”, es más flaco del barrio y el único caso registrado, dónde la desnutrición se hacía útil. La mayor de las trampas era la calzada perpendicular a nuestra calle, dónde enormes camiones rusos rugían como dinosaurios y que teníamos que sortear sin perder de vista la pelota, en caso de un buen batazo.

Era el béisbol en mi calle un verdadero deporte de riesgo, cada batazo te ponía frente a un dilema complejo, escoger entre un gran fildeo o morir aplastado bajo las jimaguas de una ruta dos.

Pero sobrevivimos sin preguntar nunca el apellido a un caramelo, sí, porque los caramelos tienen el mismo nombre pero pueden ser de apellido fresa, chocolate, menta, naranja, etc. pero para nosotros no importaba el apellido, nos venía bien cualquiera, como los zapatos, las camisas, los pantalones cortos, nada tenía apellido, todo era impersonal, común, socialista.

En la calle también habían ancianos, que para nosotros siempre fueron viejos, no concebíamos que nunca fueron jóvenes, los habíamos conocido así y cada vez estaban más viejos, cómo jamás pensamos que alguna vez y con mucha suerte, llegaríamos a viejos. Los ancianos eran puestos en los portales para regañarnos si gritábamos alguna mala palabra, para mandarnos a buscar algo o avisarle a los demás, de que había llegado a la bodega algún producto racionado. Pero los viejos también corrían cuando algunos de nosotros se caía y ponían hielo en los chichones. Los ancianos de mi infancia tenían dos formas de morirse, unos se iban a la funeraria y nunca le volvíamos a ver o se iban para “El Norte” con los suyos y tampoco les volvíamos a ver. Los portales y los sillones se iban vaciando según crecíamos.

Junto a la calle crecían almendros, que podaban alguna que otra vez, para que no se enredaran con los cables atrapa cometas y creo que si al día de hoy alguno sobrevive, tendrán nuestras sonrisas colgadas de sus ramas, como aquellas almendras amargas que mitigaron nuestra carencia de golosinas.

Mi calle está viva en la memoria, una vez crecí y la calle me vio partir lejos, tal vez me recuerda. ¿Tendrán recuerdos las calles?

La mía debe estar en ese sitio de paz, dónde se van los abuelos alguna tarde de cualquier mes que nunca recordamos, porque no hace falta recordar esa fecha. Ahora soy un viejo de otra calle con niños y cometas, corriendo a poner hielo en los chichones, hasta alguna tarde que decida dejar el sillón vacío.
R.Muñoz.

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