Franqueza contundente. RELATO

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By: Dania Ferro

Ya le hablé de mis diez maridos anteriores. Me pidió que fuera sincera y eso hice. No sé por qué algunos hombres tienen esa curiosidad de saber con cuántos hombres hemos estado en el pasado. ¿Que ganan con semejante encuesta? Aborrezco ese tipo de interrogatorio. Creo que, si respondes a esas preguntas con honestidad, las consecuencias a la larga, pueden llegar a ser perjudiciales.

Y detesto hablar del tema no porque me da vergüenza reconocer que no me dan los dedos de las manos, ni los de los pies para enumerar los hombres con los que me he acostado, sino porque soy de una franqueza contundente y cuando empiezo a confesar no tengo para cuando acabar, y digo decididamente todo, y caigo en los detalles irritantes.

Esta vez juré que sería diferente. No revelaría nada de mi pasado. Ni tampoco me interesaría por averiguar lo que había ocurrido en el suyo. Los primeros tres meses vivimos un romance excelente. Éramos solo él y yo. No había suegros, ni cuñados, ni hijastros, ni ex amores.

Una tarde me llamó mi hija, estaba en el hospital, había tenido un accidente. Él se enojó demasiado. No entendía porque le había ocultado que tenía una hija adolescente. Una madre nunca debe negar a sus hijos, me dijo decepcionado. Se quejó de que estaba con una completa desconocida. Tuve que recordarle que habíamos decidido que fuera así. Habíamos determinado no exponer nuestras vidas. Vivir el momento intensamente. No involucrarnos excesivamente. No nos habíamos escondido absolutamente nada, porque nada nos habíamos preguntado nunca.
Pero ese día comenzaron sus preguntas y entonces se dispararon mis respuestas. Admití que he tenido diez esposos, que mis relaciones no pasan de dos años, y que me he hecho seis abortos.

Le describí las personalidades de mis ex maridos con lujo y detalle. Sus virtudes, sus defectos, lo que me enamoraba de ellos, lo que me desagradaba. Le presumí mi buena memoria al acordarme de los cumpleaños de cada uno y de sus signos zodiacales.

Le enseñé los álbumes de las diez bodas que había tenido. Las conservaba todas. Le mostré todos los anillos de compromiso que me habían regalado y le hice además las anécdotas de cómo me los habían entregado. Aproveche para dejarle saber que todos esos trajes sexis que había usado mientras hacíamos el amor eran regalos de mis ex parejas.

Tres de mis esposos se habían tatuado mi nombre. Uno se lo tatuó en los labios, el otro en su pene y el tercero en la parte izquierda de su pecho. Le fui infiel a mi primer esposo, al padre de mi hija. El segundo se mató en un accidente de moto. El tercero termino casándose con mi medio hermano. El cuarto me daba golpes. El quinto un buen día me dijo llorando que quería regresar con su ex. El sexto me dejó por una chica de 18 años, el 7mo cayó preso por sembrar casas con marihuana. El 8vo quiso violar a mi hija. El 9no era esquizofrénico y una tarde desapareció y el décimo me abandonó por una chica bisexual.

Reconocí que en ocasiones extrañaba a Oscar el que había muerto en el accidente. Oscar me hacía siempre el amor llorando; robaba ropa en las tiendas para mí; se gastaba conmigo todo el poco dinero que ganaba trabajando en un car wash. Me secaba el pelo, me pintaba las uñas, me miraba tiernamente con aquellos ojitos de estrellas. Tenía su miembro viril grande y grueso y me hacía el amor como los ángeles. Y digo como los ángeles porque estos viven en el cielo y hasta allá me transportaba Oscar.

Le dije los nombres de todos. Le declaré incluso que Alejandro, el esquizofrénico, fue también otro de mis favoritos. Le recité los poemas que me escribió Nicolás, el que terminó enamorándose de mi medio hermano. Le aseguré que los había amado a todos, profunda e intensamente.

Luego de semejantes confesiones no he vuelto a ver a éste, a quien creí que sería mi último amor.

Hoy recogí una carta en mi buzón; tiene su nombre como remitente y dice lo siguiente: “No sé si vuelva a buscarte, perdóname, pero necesito tiempo para procesar toda la información que me diste. No necesitabas ofrecerme esa cantidad de detalles. Me conformaba con saber lo necesario. Es como dice Rosse la protagonista de la película Titanic: “el corazón de una mujer es un profundo océano de secretos”. Yo añadiría que es mejor no destapar esos secretos, porque enfrentarse con esa porción de franqueza contundente puede ser para cualquiera, un duro golpe.
Tiré la carta sobre mi cama, me encogí de hombros y pensé resignada: No entiendo a la gente. En el fondo, creo que no están preparadas para tanta autenticidad.

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