Pita Amor y la sopa de papa

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Eloy Garza González

Pita Amor vivía en un departamento destartalado, que para ella era casa de reposo. Daba en la boca cucharadas de sopa de papa a un viejo vecino suyo. Compartió su sopa de papa muchas veces; la hacía sorber al viejo vecino en la misma cuchara, que sabía a placa dental y a monedas viejas.

La recuerdo en los edificios Bucareli, propiedad de Silvia Pinal según contaban los enterados, sin rastro en Pita de la belleza que marcó época (como dicen los franceses). Andaba en harapos por la Zona Rosa, cargando bolsas de cartón vacías. Se ponía coqueta una rosa en la cabeza, se maquillaba como mimo y se untaba en el cuello unas gotas de Chanel.

Así salió una vez, arropada en abrigo de Mink, a perseguir a un torero afamado. En un semáforo de la avenida Cuauhtémoc se le atravesó, se quitó el abrigo y hermosamente desnuda (todavía entonces), capoteó a la verónica el carro de su amante. Los conductores de los vehículos cercanos le gritaron “olé”, admirando a la Diosa de altivo trasero.

Pita tendría ochenta años. Por tres monedas te recitaba uno de sus vanidosos sonetos. Si le dabas de más se ofendía porque manejaba tarifa; fichaba como poetisa: “Shakespeare me llamó genial / Lópe de Vega infinita / Calderón, bruja maldita / Y Fray Luis la episcopal / Quevedo, grande inmortal / Y Góngora la contrita / Sor Juana, monja inaudita/y Bécquer la mayoral. / Rubén Darío, la hemorragia / La hechicera de la magia / Machado, la alucinante. / Villaurrutia, enajenante / García Lorca, la grandiosa / ¡Y yo me llamé la Diosa!”.

De joven Pita Amor fue aristócrata además de Diosa; se tapaba con unos chales enormes, collar de perlas y no usaba ropa interior para enajenar a sus amantes ficticios, que solían doblarle la edad. Hasta que se hizo anciana y bipolar; su cuerpo desnudo lo sublimó Diego Rivera, Juan Soriano y otros dos, pero de aquel chorro de belleza, solo le quedó un chisguete.

Entre tanto lápiz labial, polvo de arroz, collares de perlas, rosa en la cabeza, divina enfermedad y pesar de no sé qué, se le agarraba mucho cariño. Ella en cambio no quería a nadie, aunque echara mentiras, porque de las orejas le goteaba un egoísmo derretido que la apartó de todos y de todo hasta que su reino abolido ya no fue de este mundo.

Vagaba por la colonia Juárez como santa levitante, más delgada que la lluvia pero de aguas secas. No cargaba libros porque le aburrían y cruzaba altiva las calles. A veces husmeaba en el Bellinghausen de la calle Londres, nada más por ver qué había. Dicen que tomaba pero no le olí el elixir del alcohol sino el néctar de la melancolía que destila el Prozac y químicos tales. Nunca la vi trabajar. Ni escribir. Ni descansar. Única gran poeta ágrafa. ¿No será que los genios se mandan solos?

Ella, nosotros, cruzamos la mitad de la vida queriéndonos diferenciar, y la otra mitad queriendo ser como todos. O sea, comer bien, dormir bien, copular bien, orinar bien. Hacer sin demasiado esfuerzo las cosas elementales. De la vejez lo fastidioso es la humillación que nos encaja vejiga y vientre: no se diga lo demás. Eso jode al más plantado; lo separa cada día, poco a poco, de quienes provisionalmente vivimos acá afuera.

En su buhardilla de Bucareli (que no asilo), Pita Amor vertía migas de pan en la sopa de papa y le daba cucharadas a su vecino de al lado. Era la compasión erótica de la carne disuelta en papa, despojada de amor, soledad que se comparte, desesperanza que no aguarda, juego de caridad sin Dios. Otra forma de la misericordia.

De haber ido tú, curioso lector, te hubiese compartido de la misma cuchara que al viejo de al lado. Y acaso por tres monedas (ni una más) te hubiese recitado generosa un soneto suyo, como muestra de que el amor propio del genio, como el que tenía Pita Amor, es también sabiduría del arte de compartir una sopa de papa.

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