Los placeres decadentes

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Eloy Garza González

Ayer me senté muy temprano a espaldas de la barra para inventariar las botellas de licor: las clasifiqué según su etiqueta, conté los envases, medí con la vara su contenido y entonces sentí cómo el viento de la decadencia irrumpía en el local, alojándose entre las mesas y cimbrando los ventanales. La nostalgia se presiente antes de vivirla entera pero yo, a mi edad, ya sólo cuento botellas y mermas de cocina.

Se ayudaba de un bastón porque apenas caminaba por los estragos de la enfermedad. Un mesero la acomodó en la silla, mientras pedía un perchero para colgar su bolso y el saco de su traje sastre. Era ella pero estaba muy obesa, cuando por décadas fue delgada; lucía enferma, cuando siempre fue lozana; su voz era cavernosa cuando por años fue una soprano alegre, y sus brazos eran tan flácidos cuando toda su adolescencia los mantuvo elásticos para abrazarme a mí y a quien se topara enfrente.

Pidió hablar con el capitán. Lo mantuvo a su lado, obligándolo a no moverse mientras sacaba de su bolso una botella de vino blanco. La sopesó como reliquia antes de dejarla en medio de la mesa. La curiosidad me empujó a adivinar qué era; la incredulidad me indujo a suponer que era un espejismo; la codicia me arrastró al reino de lo mágico: Château d´Yquem, 1996.

No hay composición de categoría mayor, ni brebaje más legendario; no hay equilibrio más delicado que esa combinación entre dulzura y acidez en sus dosis milagrosamente exactas. Y estaba ahí, frente a mí, como un objeto decadente; una pieza perfecta de la naturaleza manipulada por el ser humano. Comprendí a mi pesar lo que significa anhelar lo imposible, lo inalcanzable o lo imaginario, lo mismo da. Un par de meseros creyeron que me refería a ella, a la mujer de traje que vino del ayer y no al vino que ayer trajo la mujer.

Cuando era joven caí enamorado de ella. Me enteré por otras voces que quien la tomaba no sería jamás el mismo. Desde entonces quise probarla. Pero se resistió. Nada mejor para avivar el fuego de la ansiedad que ver escapar nuestro oscuro objeto del deseo. Por meses jugó con mis sentimientos y luego me evadió. Más fácil hubiera sido palpar el horizonte, que horizontalizarla para palparla mejor.

–Es una Château d´Yquem auténtica – le dijo al capitán –, así que obsérvela bien porque en su jodida vida no volverá a vivir esta oportunidad. Y la vendo a precio de ganga, catorce mil pesos.

No se si me ofendió más la soberbia de mi oscuro objeto del deseo o la sonrisa irónica del capitán. Tampoco quise estudiar si merecía tanto dinero o atención su añada, o tanto valor su mediana longevidad. Lo cierto es que a partir de ese instante fui testigo de la incapacidad de una mujer venida a menos para regatear la excelencia de sus encantos añejos. Pero la gente de bares sabe su negocio y es capaz de sobrellevar cualquier cosa con la más atenta de las cortesías.

El primer fastidiado fui yo, porque más se cansa quien mira que quien juega. Con una seña me acerqué el capitán para aconsejarle que ofreciera la mitad del precio de la botella y yo mismo me arrepentí en el acto de mi mezquindad: la mujer soltó las blasfemias de las despreciadas. Se volvió a donde yo estaba, me apuntó con el dedo índice de su mano derecha y cuando pronunció mi nombre y mis apellidos un temblor místico me electrificó el cuerpo.

Me senté a su lado. Pidió un simple sacacorchos y exigió que abriera la Château d´Yquem para escanciarla en dos copas con forma de tulipán.

— Lo soñaste por años – me dijo la mujer, levantando su copa –, sufriste de joven como un vil perro y te gastaste el corazón en espera de esto. Y mira ahora con qué facilidad lo tienes al alcance de tus labios.

Soy hombre maduro, con la suficiente experiencia que se adquiere con el simple hecho de no quedarse encerrado en casa y andar por las calles. También entendí, con el correr de los años, que los placeres son platillos que se sirven fríos y se comen despacio. Así que tomé la decisión correcta. O más bien, la que resulta de luchar a brazo partido contra las tentaciones, a veces ganando, a veces perdiendo; a veces venciendo, a veces cediendo. Hasta que en una esquina cualquiera se nos aparece el final esperado.

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